ENVEJECER EN SOCIEDAD – Irene Lebrusán Murillo

ENVEJECER EN SOCIEDAD

¡La culpa es de los viejos, que viven demasiado/demasiado bien! El nuevo edadismo

Irene Lebrusán Murillo

De manera acusada en los últimos años, el discurso público ha empezado a mirar hacia la vejez (y hacia quienes la habitan) con una mezcla de condescendencia y de reproche. De enfado, incluso. Dudo sobre si usar la palabra “rencor”, pero desde luego sí hay una fuerte culpabilización. Tanto es así que se habla de “brechas generacionales” (cuando no de conflicto) como si fueran trincheras, con una narrativa de culpabilización que convierte la diferencia de edad en un campo de batalla simbólico. Ante problemas acuciantes de las generaciones más jóvenes (la vivienda, pero también los salarios) se plantea sin necesidad de argumento que la culpa la tienen quienes compraron en otro tiempo; que los bajos salarios o incluso el cambio climático son consecuencia de las decisiones de una generación que “ya vivió demasiado bien”. Se señala a las personas mayores como el obstáculo, el problema, la carga o, en su versión más reciente y virulenta (por lo que despierta), el privilegio. Si las palabras de Taro Aso (¡hurry up and die! ¡Que se den prisa en morir!, a quien referí aquí y aquí, pero también aquí) sorprendían en 2013, parecen gozar de cierta aceptación en el presente. Por ejemplo, se enfrentan las cuantías de las pensiones (públicas) a los salarios (privados), cosa que no termino de comprender, en una exigencia que parece decir “mejor estemos todos mal”.

En realidad, el conflicto entre generaciones es una ilusión que oculta la fragilidad de lo común. Envejecer no es una decisión ni un privilegio: es una consecuencia natural de estar vivos. Nadie elige el año en que nace ni las condiciones sociales en que le toca hacerlo o la familia de origen. Pertenecer a una generación no debería equivaler a cargar con la responsabilidad moral de un sistema que nos precede y nos excede. Cuando los problemas estructurales —la desigualdad, la precariedad, la falta de oportunidades— se interpretan como un enfrentamiento entre generaciones, el resultado es el mismo de siempre: se desplaza la responsabilidad a lo privado, al particular y se individualiza la culpa. El sistema económico, sin embargo, parece quedar “a salvo” de críticas.

Hasta hace recientemente poco, el edadismo no solía adoptar formas agresivas. De hecho, la mayor parte del tiempo operaba con la suavidad del prejuicio bienintencionado, como algo “cariñoso”, paternalista e infantilizador. Sí que se manifestaba en los discursos que reducían de forma continua a las personas mayores a un bloque homogéneo, como si la edad borrara la diversidad de trayectorias, clases, o historias de vida. En estos discursos, se ha huido de la palabra “viejo” (esa que yo reclamo, poder resignificar la palabra como antónimo, sin más, a lo nuevo) y apostado por eufemismos paternalistas (“nuestros mayores”), como si nombrar directamente la vejez fuera una especie de insulto, una mala palabra, propia de la mala educación. Desde mi perspectiva, la idea que respalda estos usos y esa huida de la palabra “viejo” es muy negativa, pues plantea que envejecer nos resta valor. En ese momento es cuando transformamos una simple palabra en un insulto.

Desde mi análisis y apoyándome en mi investigación defiendo la palabra viejo como antónimo a nuevo, como sinónimo de experiencia y de vida transcurrida. No asumo la interpretación de viejo como contrario de valioso (como si envejecer nos restase valor) sino como contrario de nuevo; sin más. Desde mi perspectiva, otros planteamientos aparentemente bienintencionados en realidad borran los matices de esa idea negativa, asociando la palabra “viejo” a obsoleto, a lo que debe ser reemplazado. Y ese mismo patrón cultural —el que celebra lo joven, lo rápido, lo breve— contamina también nuestra manera de pensar la sociedad. Lo nuevo se asume como mejor, y lo anterior, como algo que estorba. En definitiva: convierte la edad en una forma de exclusión.

El nuevo edadismo tiene una peculiaridad: ya no se limita a infravalorar la vejez, sino que la responsabiliza de los problemas sociales. En este nuevo planteamiento las personas mayores dejan de ser invisibles para convertirse en diana. Se las señala como poseedoras de privilegios que impiden el progreso de los demás, asumiendo que las generaciones son rivales y asociando edad a clase social. Como ya he dicho muchas veces, esa culpabilización no hace más que desviar la atención de las fallas estructurales del sistema. No son los viejos los que generan desigualdad.

Convertir el malestar social en un conflicto entre generaciones es una forma sofisticada de fragmentación. El enfrentamiento generacional es, en el fondo, una trampa social: sustituye la solidaridad por sospecha, la conversación por distancia. El planteamiento que entiende que los jóvenes son víctimas de las generaciones previas no plantean en ningún momento mejoras ni soluciones, sino que se retroalimentan de la idea de conflicto (creándolo) y debilitan la comunidad.

A veces el edadismo, como decía, adopta la forma del paternalismo. Se dice que hay que proteger a las personas mayores, pero sin contar con ellas. Se diseñan programas, entornos y discursos donde su papel es pasivo, meramente receptivo. Incluso las expresiones aparentemente afectuosas —“nuestros mayores”— encierran una dosis de apropiación simbólica: como si las personas, al envejecer, perdieran el derecho a pertenecerse a sí mismas. Esa protección termina borrando su voz y negando su agencia. Lo que se presenta como cuidado puede ser, en realidad, otra forma de control, de negación de autonomía. De reducción, en definitiva, de la persona al número (el de su edad).

La consecuencia es doble: se debilita la participación de quienes podrían aportar más experiencia y se alimenta la idea de que la vejez es sinónimo de irrelevancia. Se nos olvida que una sociedad que priva de voz a una parte de sí misma se vuelve incompleta y acaba siendo fallida.

Al excluir a las personas mayores del diálogo social, se rompe la continuidad del relato común. Cada generación queda confinada a su propio presente, sin la capacidad de comprender de dónde viene y olvidando hacia dónde va. Nos quedamos sin relato compartido, en monólogos intrageneracionales, en el mejor de los casos. En el cementerio del pueblo de mi abuelo hay un cartel que dice “donde te ves me vi y donde me ves te verás”. Con la vejez, los viejos, las viejas, nos pasa lo mismo. Si nos va bien, estaremos donde ellos están.

Culpar a quienes envejecen es desconocer que todos lo haremos. El tiempo no pertenece a nadie (tal vez somos nosotros quienes pertenecemos al tiempo) pero nos atraviesa a todos. Las generaciones no son compartimentos estancos, sino capas superpuestas que se necesitan mutuamente.

Quizá por eso el edadismo es, en última instancia, una forma de miedo. Miedo al paso del tiempo, a la pérdida de control, a la fragilidad que nos vence y nos iguala. El desafío está en sustituir la lógica del enfrentamiento por la del intercambio y la colaboración, aprendiendo a convivir con el tiempo (las edades) de los demás.

Las sociedades que entienden la longevidad como un logro común —y no como un problema con culpas “a repartir”— son las únicas que pueden progresar.  Como dice el refrán, solo puedo llegar más rápido, pero juntos podremos llegar más lejos. Integrando a todos los grupos vitales en ese camino, disfrutaremos además el camino.